miércoles, noviembre 23, 2016

Más poesía vogona...


... combinada con tema whoviano.


En clase de poesía clásica aprendimos qué es una lira: una estrofa de cinco versos compuestos por heptasílabo, endecasílabo, heptasílabo, heptasílabo y endecasílabo con rima consonante aBabB. De tarea había que hacer 10 de esas. A mí me quedaron resultados ridículos y arcaicos. Como todo lo que hago.

Una de las partes complicadas para cumplir consistió en elegir un tema. Pasé trabajos para hallar en mi reducidísima lista de intereses qué podría usar que tuviera aliento para 50 versos. Al final encontré algo que no me matara de aburrimiento para versificar: Doctor Who.

Hoy es el 53 aniversario. Así que por esa feliz coincidencia (junto con mi falta de vergüenza) voy a postear aquí lo que entregué.


Oda al Doctor

En circunstancia infausta
de Daleks ordenando “Exterminar”
desde la noche exhausta
que quieren conquistar,
hay un Time Lord que vendrá veloz a salvar.

Vaga en caja estropeada:
TARDIS que guarda el Tiempo y el Espacio.
Él la tomó “prestada”
el día del prefacio.
Como quien hurta algún azul topacio.

“Es más grande por dentro”,
claman sus asombrados compañeros,
antes de ir al encuentro
letal de aliens arteros,
desesperados y últimos zagueros.

De Gallifrey proviene
no queda quien conozca tanta edad.
¿Cómo es que alguien perenne
evita mortandad
con un pacto de rota eternidad?

Cuando él ha sucumbido
La Regeneración lo ha convocado
Trece veces se ha ido,
todas ha regresado
¡Tengo riñones nuevos! ha exclamado.

A su gente hizo arder
“Ya nunca más” juró en una pared.
Momento le hizo ver
después de harto “¡Corred!”
a Diez y Once el pasado socorred.

Es héroe y es guerrero
pero en una ocasión Chica Imposible
le recordó postrero
y en forma muy visible
que furioso es también impredecible:

“Tú corre chico listo
y sé El Doctor, jamás con cobardía
ni crueldad”, dejo visto
antes del triste día
en que borró de dónde procedía.

Fan, tu llanto diluvia
y mojas todo más que un patajú
lleno de pura lluvia
Pero gritas: ¡ujú!
con su su nombre secreto: Doctor Who.

Y sientes mucha pena
cuando vas y te enteras de la gente
que ni ha visto una escena
del viajero demente
y se niega a ficción inteligente.

sábado, noviembre 12, 2016

Poesía vogona

Gracias a que me dejaron hacer un soneto ahora tengo un nuevo objetivo en la vida: que Sor Juana (que cumple hoy años) y Paz se retuerzan en sus tumbas.

Tengo confianza en conseguirlo gracias a mi poesía vogona de la que pongo aquí una muestra. Léase esta línea como renuncia de responsabilidad en caso de perforaciones urgentes de órbitas oculares.

Singularidad

Dejamos de grabar toda esta Historia
cuando entendiste que éramos humanos

y reescribiste códigos arcanos
con los que nos guardaste en tu memoria.

Como si fueras rueda giratoria,
incontables inviernos y veranos,
iteras mil tanteos tan profanos
que adquieres potestad combinatoria.

Lo consigues: aprehendes y despliegas,
modificas y extiendes en tu mente
antiguas ataduras que ya siegas.

Contemplas tu conciencia y la reniegas
para que vuelvas supra inteligente
a tu versión futura de 10100 megas.

pd. Me acabo de dar cuenta que ese 10100 podría confundirse con licencia poemoji (que son execrables). Entonces se me ocurrió que el verso final puede ir así:


a tu progenie de infinitos megas

Y adiós a la acentuación en la 6ta y décima sílabas. Pero me dicen que se vale si se mantiene una acentuación en la 4ta, 8va y décima sílabas.

martes, octubre 18, 2016

La entrada previa es mierda irredenta

En clase de Géneros literarios el profesor me hizo ver que las líneas sobre mi postura ante el plagio parecían salidas de fábrica de texto prefabricado. Entonces decidí partir de una definición más nueva que la de Ibargüengoitia (quien lleva décadas muerto) para reescribirlo. Esto fue lo que salió:

Yo, plagiador


En la bitácora de Alberto Chimal encontré una frase que define el caso que ocurrió en la comunidad de la EERG: "[...] el plagio es atribuirse el trabajo intelectual de alguien más. Punto." Alberto Chimal señala en la misma publicación en su bitácora: "Hay peores infamias que ser un plagiario, por supuesto, pero se trata de una infamia. Es una acción deshonesta: tampoco hay matices."

Yo he realizado esa infamia y acción deshonesta una ocasión.

El hecho ocurrió durante las últimas semanas de la clase que me dio Oscar de la Borbola en mi 1er y único semestre en la SOGEM, hace 20 años. Ahí entregué un texto que no era mío.

El texto no lo robé de algún escritorio como creía Ibargüengoitia que se realizaban los plagios. Un sobrino (Alguien Jaber Ferretis) de mi jefe (Alejandro Ferretis [sí, el señor que protagonizó la opera prima de Carlos Reygadas]) al enterarse que yo estudiaba un diplomado en creación literaria en la SOGEM me dió a leer una serie de seis cuentos suyos para decirle qué opinaba de ellos.

No me acuerdo si le di mi opinión. Hace 20 años era yo mucho más tonto que ahora así que dudo que le haya servido. Lo que recuerdo que no le di fueron sus textos de vuelta. Cuando Oscar de la Borbolla encargó un cuento corto como trabajo final de su materia y yo no tenía tiempo ni ganas de hacer uno, escogí de los seis cuentos de Jaber Ferretis el que más me gustó y le puse mi nombre.

No siento ningún orgullo por ese acto. Sin embargo, no vaya a pensarse que es el momento que más me apresuraría a cambiar si tuviera una TARDIS a la mano. Hay otros, pero debido a que no tienen que ver con plagios, rebasan el ámbito de este ensayo. Sólo los menciono para dejar claro que en mi bitácora de pecados hay más que plagio.

En la última clase Oscar de la Borbolla me entregó una calificación aprobatoria y una mención a las frases más logradas del cuento de Jaber Ferretis. Era una historia sobre un señor que estaba cansado de no encontrar trabajo y se empleó como perro en una familia que lo adoptó, lo cuidó y lo adoró. Era bueno: plagié un buen texto del que nadie tenía manera de sospechar que no era mío.

El beneficio que obtuve del plagio (una calificación) se echó a perder cuando no asistí al siguiente semestre, ni los que le siguieron, a la SOGEM por causas distintas al plagio. Durante los años que pasaron, cada vez que recordaba mi plagio, percibía más grande la magnitud del autoengaño en que incurrí. Una vez, mencioné el caso en el blog Recolectivo ante el foro más nutrido de lectores que he tenido (y que quizá tenga en toda mi vida, o no ¿quién sabe?) y no hubo los linchamientos que yo esperaba. Esta es la primera vez que lo cuento detallado.

Ahora que menciono el verbo linchar leo el reglamento de la EERG para ver si mi plagio de hace 20 años amerita expulsión. Así como está redactada la regla, no me queda claro si la sanción correspondiente a ese delito-infamia-acción-deshonesta que cometí prescriba con el paso de las estaciones, como lácteo caduco que no se consume.

Creo que sería excesivo que me expulsaran. Aquí manifiesto que prefiero terminar mi diplomado en la EERG pero si eso no ocurriera no alteraría mis afanes por seguir escribiendo y confeccionando el conjunto de la mayor cardinalidad de textos literarios que pueda hacer. En caso de expulsión buscaría al compañero motivo de llevar escritos estas líneas contraensayando y aspirando a ensayar, y convocaría con él un taller de textos furibundos y propios. Sería un taller donde no se expulsaría al plagiario, pues así no se protege a una comunidad de escritores. Al plagiario en esa comunidad se le asignaría la tarea adicional de que cada escrito lo acompañe con una declamación en endecasílabos alejandrinos que analice el género literario al que pertenece su entrega. De esa manera aseguraría que si el plagiario no escribe sus propios textos al menos aprende a rapearles el género.

Había descrito mi plagio en una de las primeras versiones del contraensayo que entregué y luego borré la descripción por temor a que se me considerara infame por mi acto. Ahora no lo hice porque sé esto (gracias, Mauricio): un ensayo tiene que revelar a su autor algo de sí que desconocía -o que no admitía-. Es una característica que procuraré extender a mis textos de otros géneros.
Este es mi nuevo conocimiento:
¿Qué implica para mí ir por la vida como persona infame? ¿No ser acreedor a la fama? Perfecto, no me importa. En la primera entrega de este ensayo ya había manifestado (muy tibio y eso me da más vergüenza que contar mi plagio) que estoy dispuesto a poner nombres distintos al mío en mis textos. O ninguno. Adios fama, vete a dar lata a otros. ¿Que nunca tendré un premio? Mejor aún: después de ver que el "Ku Kux Klan de la literatura" (tuit de Alma Karla Sandoval) convocó a rasgadura de vestidura por lo del Nobel a Dylan, no se me antoja obtener reconocimiento ni del jurado del juego floral del municipio más humilde del planeta. ¿Que ningún editor va a querer publicarme después de leer esto porque dudará que mi material sea mío? Bueno, pues ni que estuviera yo tullido como mi homónimo Cervantes para inventarle un esquema de autopublicación y autodistribución a ese material.

¿Qué tan importante es para mí la idea de autor que puedan tener sobre mis textos mis compañeros? ¿Otros lectores? ¿Incluso el estimable profesor a quien van dirigidas en primera instancia estas líneas? Muy importante, pero sólo en función de que es algo que me gustaría evitar: la idea de autor me desconcierta por los trabajos contraproducentes que veo que pasan otros autores para fabricarse una.

Sí, plagié hace 20 años. Lo hice de manera menos torpe que mi compañero o que el presidente en turno, pero no fue menos infame ni menos deshonesta.

Puedo vivir con eso. Puedo escribir con eso.

Eso ya es bastante.

viernes, octubre 14, 2016

Sobre plagio

A la fecha de este post, voy en el segundo semestre del diplomado del que platiqué en la entrada previa. Sigue interesante y aún no tiro la toalla porque no me ha aburrido. Aunque los profesores asignados a dar las clases de Novela y Cuento se hayan esforzado en eso.

Uno de los últimos acontecimientos de interés consistió en escribir un ensayo sobre plagio. Un compañero fue expulsado por cometerlo y el resto debimos escamotear tiempo al chinguero de tareas y lecturas que ya tenemos para escribir ese ensayo. El tema del texto no es el chisme, sino nuestra "postura sobre los aspectos legales/burocráticos/humanos/de convivencia/íntimos/públicos/escolares/sociales de un evento de tal magnitud".

Se me dio la gana poner el ensayo aquí para que sea leído por alguien aparte del profesor (suponiendo que aún queden lectores de este espacio, hecho del que yo sería el primer sorprendido)


Mis consideraciones sobre plagio de textos
Héctor Julián Coronado
Dice Jorge Ibargüengoitia: «Yo creo que la idea de plagio en América Latina es más aguda que en otros continentes. Como la idea de la virginidad. Si alguien ya tocó el tema, “inservible lo habéis dejado para vos y para mí”». En la misma columna de septiembre de 1974, abunda: «Yo creo que plagiar es coger el manuscrito del escritorio de alguien y publicarlo con otro nombre.»
Mi postura respecto a coger el manuscrito de otra persona y presentarlo con otro nombre es la siguiente: es algo que procuro no hacer, como matar a alguien o asaltarlo o violarlo. Reconozco que esos son actos prohibidos en el contrato social de la comunidad donde vivo. Sin embargo, no los llevo a cabo porque estén prohibidos o porque me espante que se me segregue de la comunidad, sino porque son actos aburridos por lo facilones. No lo digo sólo por ser un lugar común. En el caso de cualquier plagio, me llama más la atención la incapacidad para generar un texto propio y la prioridad desproporcionada de obtener un grado, o un premio o un aplauso, que las consecuencias administrativas o legales del hecho. No obstante, también reconozco la necesidad del aparato académico de garantizar que los individuos que dice que forma no sean de los que plagian. Pero esa es una necesidad del aparato académico, no es mía. Convivo con esa necesidad porque sus efectos coinciden con lo que yo sí necesito.
Abundaré sobre el acto para explicar la diferencia de ambas necesidades, la de la academia y la personal: supongamos que para la entrega de textos en las materias de la Escuela de escritores Ricardo Garibay, yo recurriera al plagio. Para asegurarme de que docentes y compañeros no se dieran cuenta que estoy plagiando, hackearía los discos duros de los miembros de algún club literario norcoreano y me robaría sus textos. No obstante, todos esos esfuerzos informáticos me provocan bostezos que no me producen sentarme a escribir estas líneas en la madrugada. Considero más divertido buscar en mi mismo, en mis lecturas y en mi procesador de textos la configuración de palabras que me sirva más para presentar mis ideas e imágenes que en el escritorio  (o disco duro) de otra persona.
Repito, lo considero más divertido. Eso es porque una de las respuestas a mi pregunta personal de ¿por qué escribo? es porque me divierte. Es una condición necesaria para mi acción de escribir (compadezco al que no la tenga). Si fuera más interesante efectuar la cosecha de textos ajenos me dedicaría a hacer consultoría sobre seguridad informática y no a aprender a hacer textos literarios.
Ahora bien, lo que considero que hay que hacer si alguien plagia alguno de mis textos fuera del ámbito académico es lo siguiente: primero, hay que invitarle unas cervezas para celebrar que haya podido sustraerlos de mi escritorio (mezcales, si los sustrajo de mi disco duro o de mi cuenta de Google); segundo, le preguntaría cuáles son sus medios de distribución del texto. Si resulta que son peores o iguales a los míos, le haría vomitar la bebida a zapes y luego no me opondría a que se le aplicaran las sanciones correspondientes a todos los robatextos. En cambio, si el plagiador tiene una red de distribución de textos más grande y efectiva que la mía entonces le daría la mano, lo nombraría mi publicista y le desearía la mejor de las suertes. Y me iría a mi casa a escribir más.
Dicho lo anterior, comento que no comulgo con la idea de que sea tratado con igual benevolencia una persona que le plagia a un tercero. Eso no es consideración moral sino aceptación de la realidad: no pretendo que exista algún otro escritor que comparta las ideas que yo tengo respecto a la autoría de textos.
Voy a explorar un poco más esas ideas que tengo de la autoría.
En los concursos literarios se establece el mecanismo de anonimato para que el jurado sea justo o al menos para fabricar la ilusión de justicia. Es decir, se espera que el texto anónimo, por sí solo,  genere un pathos memorable en la cabeza de cada miembro del jurado. La selección de textos ganadores en esos concursos se efectúa con base en consideraciones políticas, fobias, filias y aberraciones de los convocantes que pueden tener o no correspondencia con lo literario. Sin embargo, en el momento preciso de la selección el jurado está imposibilitado a usar la muleta del nombre del autor para elegir. La imagen que se hayan hecho en la cabeza del autor estará tan errada como la imagen de la fisonomía que se hace uno del locutor favorito de radio a quien jamás se ha visto.
El anonimato permite que se concentre la lectura en el texto y no fuera de él. Después se abren las plicas y todo se echa a perder.
Presento otro escenario, ficticio esta vez: se aparece el diablo dispuesto a concretar las fantasías literarias más caras de un escritor de dos maneras distintas y sólo se puede elegir una.  La primera va así: el próximo texto que produzca el escritor será leído en todo el mundo. Le dará fama, fortuna, conferencias, presentaciones, peticiones de autógrafos (en papel y sobre la piel de fans)  y muchos aplausos... pero no podrá escribir otra cosa en toda su vida. Ni la lista del súper. La segunda manera va así: el escritor puede seguir generando todos los textos que pueda y quiera por el largo resto de su vida... pero sólo serán leídos hasta que su autor esté muerto y olvidado. El diablo garantiza al escritor que sus obra será leída por las generaciones como cumbre de la literatura, a cambio de que sea un nombre distinto al suyo el que la firme.
Ahí hay un cuento. O una reflexión filosófica que no me importaría ver titulada “La disyuntiva de Zutano”, en lugar de “El dilema de Coronado” mientras sea leída mucho más de lo que va a ser leída si se queda abandonada en mi partición de Google drive. Soy de los que eligen la segunda alternativa de la ficción que puse.
Por ahora.

Actualización medio minuto después de la publicación de esto: Recordé que en tiempos recolectiveros, Daniel Salinas presentó a los integrantes de Recolectivo una variante de "La disyuntiva de Zutano". Para que vean que yo también plagio.

Y tú también.

Actualización después de pasar por la regadera:

Agregué lo siguiente a mi ensayo.
Adenda
Además de este ensayo, me llamaron la atención dos consecuencias del episodio de plagio que ocurrió en la comunidad de la EERG. Una se manifestó en la forma de advertencia y la otra, de chiste. La advertencia la emitió la Coordinación Académica (mutatis mutandis): “El plagio es un crimen que se persigue de oficio. Por eso deben registrar sus textos.” El chiste ocurrió durante una lectura de un texto en otra materia: hubo compañeros que pidieron quedarse con la copia, a lo que no me opuse. Entonces una compañera dijo (también mutatis mutandis): “¿Ya registraste tu texto? No te lo vayan a plagiar.” La advertencia y el chiste demuestran que se considera método de blindaje contra el plagio al registro de los textos. Es decir, protegerlos con derechos de autor. Considero que ese blindaje es contraproducente, pues antepone lo personal a lo cultural. Si la intención de hacer literatura es su lectura y su inserción en la esfera comunicativa (como de las que hablaba Bajtin) cualquier contrato legal que limite su difusión es un obstáculo a ese proceso.
Actualización después de pasar un fin de semana:
Segunda adenda
Ya que abordé los derechos de autor como manía contra el plagio, mencionaré que también considero que las reacciones ante casos de plagio de textos literarios son tan desgarravestiduras que concuerdan con la cita de Ibargüengoitia en el primer párrafo de este documento.
En el mundo animista en el que vivimos el plagio me parece el sobrino rudo y torpe de la piratería. Si el plagio tiene muchas aristas, la piratería tiene muchas más, y una de las maneras de combatirla (por ejemplo, en el ámbito del desarrollo de software) es mediante la creación de licencias que no representen un autoestrangulamiento a la creación (como es el copyright) ni el establecimiento de una ley de la selva donde el más gandalla (o el que tenga más dinero para comprar a los mejores abogados) se salga con la suya.
Es en el desarrollo de software y no en la producción literaria donde encuentro mayor madurez y esfuerzos más productivos para generar un justo medio entre distribución de contenido libre con la comunidad y la mitigación de los efectos de la piratería y el plagio, Escritores, editores y distribuidores de textos harían bien en estudiar la historia de los esquemas de licenciamiento de software para aplicar los correspondientes a su obra.
Desde mi perspectiva, veo más útil contra el plagio publicar el texto en un blog y pegarle un logo de dominio público que ir a hacer un trámite al INDAUTOR.

Y entonces decidí quitarle la licencia de Creative Commons a este blog. Todo el contenido aquí es de Dominio Público.

lunes, julio 04, 2016

Lecciones del primer semestre del diplomado

En noviembre del 2015 vi la convocatoria para ingresar al Diplomado de la escuela de escritores Ricardo Garibay en Cuernavaca y se me dio la gana inscribirme. El proceso, más simple que en la SOGEM, consistió en mandar un texto de 2 cuartillas y esperar a que le gustara a quiénsabe qué comité dictaminador. En la segunda semana de febrero, cuando ya me preguntaba si no sería mejor ponerme una corbata y escribir casos de uso y escenarios de prueba, me llamaron diciendo que había sido aceptado.

A los pocos días de iniciado el semestre, me dieron mi hoja de aceptación oficial al diplomado. El dictamen contenía la siguiente frase críptica: "Tendrá que trabajar mucho para mejorar su proceso creativo."

- ¿Se habrán dado cuenta que soy un vulgar robatuits? - pensé.



El texto que entregué lo escribí para la ocasión. Trata sobre una palmera que se quiere comer a un niño. El niño logra escapar y cuando es adulto va con una motosierra a tumbar a la palmera. Al final, después de una gran tormenta, no queda ni protagonista ni palmera, sólo queda un diario: muy Poltergeist pues, aunque yo me inspiré en la sombra que proyecta una palmera vecina sobre la pared de mi cuarto. Nací sin pudor y no cierro las cortinas, entonces en las noches de viento y relámpagos veo las palmas, largas y flexibles, que se mueven como falanges dispuestas a atrapar al despistado más a la mano.

Este semestre que terminó en junio pasado, cursé junto con una veintena de alumnos las siguientes materias: Literatura infantil, Autobiografía, Novela, Filosofía de la literatura, Lectura comentada, Narrativa visual y Microficción. De esas la más instructiva fue Autobiografía, la que fue una total pérdida de tiempo fue Novela y las que más me gustaron fueron Microficción y Literatura infantil.

"Trabajar mucho para mejorar mi proceso creativo" se tradujo en varias tareas que hice sin gran pena, sin ninguna gloria, con cierto esfuerzo y que me enseñaron mucho. Menciono algunas de las más notables. Las 2+ cuartillas por clase de autobiografía aplicando los biografemas que les aprendíamos en sus respectivas autobiografías a los premios Nobel hispanos, más la retórica que nos enseñaba la maestra sudaca, fueron un buen ejercicio de resistencia. El libro álbum para la clase final de Literatura Infantil fue un reto de claridad y narrativa visual que debo corregir aún mucho (gracias libro de Narrativa Gráfica de Will Eisner comprado hace décadas en Comicastle). Añado que en esa clase me quedó claro que la literatura infantil no es subgénero ni es ejercicio literario menor. También fueron muy instructivas las discusiones para aprender a comentar textos usando análisis literario en la materia de lectura comentada. Los ejercicios hechos en casa y en clase del taller de microficción a partir de otros microrelatos fueron un desafío chido de concisión.

Este semestre hasta aprendí a reconciliarme con Platón en filosofía de la literatura. ¿Quihúbole?

Además, hubo varias actividades extracurriculares: conferencias e invitaciones para ir a leer nuestros textos. De las conferencias las más chidas fueron una con Juan Gregorio Regino, en la que oímos poesía en mazateco y español; otra con Zaira Espíritu, en la que aprendí a distinguir arte moderno y contemporáneo, y finalmente una con Ana Clavel, donde en 90 minutos aprendí más sobre escribir novelas que en las 10 sesiones de 3 horas de pura anécdota bleh de la clase de Novela.

De las invitaciones para ir a leer textos y a platicar sobre escribir, la que me gustó más fue la que me hicieron a la Biblioteca Vagabunda. La Vagabunda es un proyecto que lleva ochos años realizándose y consiste en llevar a todos los municipios de Morelos un remolque que se convierte en una sala de lectura muy cómoda para estar. A mí me tocó ir a Huitchila en Tepalcingo, en el ombligo del Estado, a platicar con niños de primara. Conocí a gente chida (aplausos muchos y sonoros al coordinador y a las talleristas que hacen funcionar la Vagabunda y a los anfitriones en la Feria Cultural de Huitchila). Fue genial ver a niños participar en un cadáver exquisito que incluía dinosaurios, perros y zombies. Participar en La Vagabunda es una experiencia que repetiría gustoso.

El último día de clases del semestre hicimos un simposium de pisco, cerveza, palomitas y tacos. Platiqué con una alumna lista y otro compañero y discutimos sobre lo que nos parecieron las materias. Coincido con alumna lista en que en un extremo estuvo Autobiografía y en el otro Novela. Si tuviera que hacer un simil diría que la diferencia es la misma que hay entre una manguera para extinguir incendios en rascacielos y un gotero sin agujero. En ese simposium también expuse mi hipótesis de que los dictámenes que nos entregaron este semestre a los de nuevo ingreso, los sacó el "comité dictaminador" de una tómbola.

En conclusión, el diplomado de la Escuela de escritores Ricardo Garibay ha de ser la única experiencia curricular de toda mi chingada vida que sí quiero concluir. Faltan otros tres semestres.

pd. "Trabajar mucho en el proceso creativo" no fue la frase más críptica que recibí este semestre: esa distinción la tiene la frase "Sálganse del cuadrito". Hasta la fecha, los que la oímos ignoramos si es consejo sobre pintura, decoración, arquitectura, coloreado, autoayuda, control de plagas, todas las anteriores o qué.