martes, mayo 27, 2008

Rumbo a ¿Por qué las matemáticas?

Hace tres semanas me enteré de una noticia que me hizo el día: la inauguración en el Centro Cultural Ollin Yoliztli (aquí el mapa) de una exposición que se llama ¿Por qué las matemáticas?


El primer intento para ver la exposición fue frustrante. La lupe y yo fuimos en domingo y mientras oíamos los trompetazos provenientes de la sala de conciertos, un señor vigilante nos informó, junto con varios enviados de sus respectivas escuelitas, que la exposición nomás está abierta de lunes a viernes de 10 a 17 horas.

- Más o menos – dijo terminando de confundirnos.

Dos semanas después. Es decir, este sábado después de mudarme y comprender que era inútil acomodar todo el contenido de mi vida guardado en 20 cajas de cartón, decidí ir a visitar la exposición.

Se abre paréntesis
Quizá haya lectores que estén pensando: "pinche controlzape ya se puso a platicar de su vida ñoña e insulsa. ¿A qué horas va a abordar el contenido de la exposición ¿Por qué las matemáticas??" (Noten los dos signos de interrogación juntos, ese recurso ortográfico que en otro tiempo me hubiera quitado el sueño ahora me vale absolutamente madres. Ay, cuánta decadencia la mía).

A esos lectores los invito a regresar el viernes cuando se me dé la gana escribir sobre el contenido de la exposición pues esta bosta trata de cómo transporté mi humanidad hasta la sala Ollin Yoliztli desde la frontera entre las delegaciones Miguel Hidalgo y Azcapotzalco.
Se cierra paréntesis

Estudié el mapa del link del primer párrafo y juzgué buena idea subirme al metrobus para llegar. Todo lo que había que hacer era transportarme por metro hasta Revolución y abordar en la estación Buenavista el ronroneante camión que me llevaría por Insurgentes hasta la estación Villa Olímpica, desde donde caminaría yo muy campante hasta esa exposición maravillosa de matemáticas.

Aquí cabe aclarar que mi experiencia viajando en metrobús es escasa. Sólo he hecho 4 viajes. Dos de ellos un domingo en calidad de turista y los otros dos contra mi voluntad, entresemana y en hora pico. Tres de esas ocasiones he debido adquirir tarjeta nueva en las expendedoras que parece que fueron programadas por un bromista y cuyas instrucciones, como buen computito, nomás leo cuando ya agoté todas las secuencias de pasos posibles en que NO funcionan esos mentados aparatos.

Subirse al metrobus en Buenavista rumbo al sur es sencillo. Lo difícil es permanecer dentro del vehículo sin tirarse de cabeza por una ventana. Al cabo de unas pocas estaciones iba restregando mis nalgas con las de un señor que traía una playera del Cruz Azul. Me dí cuenta que estaba rodeado de muchos valientes sin temor al ridículo vestidos así.

Ya que viajábamos pegados como siameses de nalgas juzgué oportuno platicar con mi vecino con el que compartía los 20 cms cuadrados de metrobús que me tocaron:

- Hola, ¿contra quién juegan?

- tralelff.

- Chido. ¿Y qué ocurre si ganan?

- Psmosalfal.

- Fascinante. Una última pregunta ¿Antes de bajarte puedes devolverme mi cartera?

Afortunadamente los cruzazulitas que atestaban el metrobús se apearon al llegar al eje 6 dejándome con espacio para respirar y con muchas dudas sobre el destino de la humanidad. Sigo sin entender tanto afán por aglutinarse para mirar a adultos, que cobran un chingo de lana, correr detrás de una pelota.

Cuando me apeé en Villa Olímpica me dí cuenta de que iba yo deshidratado.

Cuando estaba caminando frente a las 3 piedras de la pirámide que hay en Cuicuilco reflexionaba sobre el tiempo que podía estar caminando bajo el sol antes de que me pusiera a bailar watussi en el suelo.

Y cuando pensaba que me exponía muy gratuitamente a otro ataque epiléptico me dije a mí mismo:

"Tranquilo. Has estado oyendo cantar que el petróleo es nuestro en el zócalo durante horas y bajo el rayo del sol y no te ocurrió nada. Lo más cercano que estuviste a tirarte al suelo fue en el discurso del Peje y no fue por epilepsia sino por aburrimiento. Ahora no estás peor que en un mitín pitero. Además. por las barbas de Godel, Cantor, Pascal, Euclides, Fermat, Wiles, Euler, Poincare y Galois vas a ver esa exposición."

Tanta necedad mía valió la pena. Pero de eso platico la próxima bosta.

viernes, mayo 23, 2008

Quien diga que el Peje no sirve para nada...

...está equivocado.


Sirve para vender los raspados de el Güero.


pd. Esta bosta fue patrocinada por la Asociación de Lectores de LibrePensar Emputados por el Pitorreo a la Zotaquez de Felipe Calderón.

miércoles, mayo 21, 2008

¿Cómo está Álvaro?

Muerto. Eso ya se sabe. Y no hay nada que indique que siga existiendo en otro plano/dimensión/realidad. La pregunta del título es necia. Va de nuevo.

¿Cómo está el cadáver de Álvaro?

Mi idea original para responder esa pregunta consistía en tomar por asalto el Panteón de La Leona (nombres misteriosos de panteones si los hay) allá en Cuernavaca montado en una retroexcavadora, sacar el ataúd de mi cuate, abrir la tapa y tomar un montón de fotos que luego subiría a este blog pitero.

Comenté mis intenciones a varios y por sus respuestas me dí cuenta que yo era el único en considerar genial mi idea.

Pfff.

Afortunadamente está la wikipedia con la que me he podido enterar de la odisea que le ocurre a un cadáver para hacerme una idea más o menos clara de cómo está el cascarón de mi cuate a cuatro meses de que lo enterraron.

Según lo que leí no influye tanto el proceso de embalsamado. Y menos tomando en cuenta lo chambones que son los cuernavaquitas. Yo estimo que a Álvaro nomás le pusieron unas pestañotas para evitar que abriera los ojos y le cosieron el hocico para que no lo abriera además de darle una maquillada (cuando lo ví en su ataúd casi se me sale una carcajada por el aspecto metrosexualoide que traía). Si estoy en lo cierto ha de haber pasado algo así.

1. Las células de sus tejidos blandos se tiraron de cabeza a un pozo (autolisis)
2. Las bacterias de su intestino ante la falta del continuo suministro de pizza y chela se encabronaron y se comieron sus alrededores.
3. La piel de mi cuate se puso verde. No verde Hulk sino verde zombie.
4. Su cara adquirió una expresión como de víctima de niña de El Aro.
5. Se cagó encima.
6. Si en este punto alguien lo peinó se quedó con su hirsuta pelambrera en la mano.
7. Se oscureció. Más.
8. Se le abrió la panza.

Por lo tanto concluyo que a estas alturas mi cuate pesa menos –mucho menos- que yo. Nada como morirse para bajar de peso.

Pd. Esto me recordó la ocasión en la que hallamos el cadáver de un tío abuelo que se abrió la choya contra el suelo a la hora de levantarse de cagar. Tres o cuatro días después (que fue cuando lo descubrimos ) había adquirido un color morado que no se vía muy saludable y como personaje enojado de comic había roto la ropa que llevaba puesta. Si uno se quería acercar al tío había que ponerse un grueso bigote de vaporub. Silence of the lambs alike.

lunes, mayo 19, 2008

Mamá genial

El viernes durante un trayecto en el micro escuché una conversación notable.

Mamá: ¿Qué juegas?

Hijo (sacándole humo al teclado del celular) : XXXXXX

Mamá: Ese juego me gusta. Yo hago N puntos.

Hijo (poniendo ojos de huevo): ¡Ay mamá qué pendeja eres! Yo hago N+ chingomilsetecientos puntos.

La mamá guardó silencio un rato antes de responder. Quien esperara entretenimiento oyéndola cagotear a su retoño de 8 años por llamarla pendeja se quedó con las ganas.

Mamá: Sí, soy pendeja jugando. Ha de ser por las uñas. Si tú te las dejaras largas como yo seguro hacías menos puntos.

Hijo: ¿Me las puedo dejar largas y hacemos una reta?

Mamá: Si no te importa que se rían de ti en la escuela…

Oir a una mamá con autoestima que no depende de cómo la llame su hijo me hizo el día. Me recordó el discurso en el que Fontanarrosa se pitorrea de las consideraciones moralinas de algunos sobre el uso de las malas palabras. Decía mutatis mutandis “¿Las malas palabras lo son por pegarles a las otras?”.

La respuesta sería que no. Lo son por la gente idiota que se ofende muy fácil por la forma que la que se pueden juntar las sílabas para expresar una idea.

martes, mayo 13, 2008

"La violencia es el último recurso del incompetente"

De acuerdo a esta nota de La Jornada, el micromichoacano que tenemos por presidente hizo berrinche ayer pues no encuentra a muchos dispuestos a decirle que echar a pelear al ejército contra el narcotráfico es una buena estrategia contra la delincuencia organizada.

A mí, que vivo con la nariz enterrada en puras ficciones (mamá dixit), los exabruptos de Felipe Calderón me recordadon los mismitos pataleos de los taradazos de Anacreonte cuando no podían hacerse por la fuerza con Terminus (aquellos que se perdieron en este último párrafo lean La Fundación).

A fin de cuentas como decía Asimov, ¿no era la violencia el último recurso del incompetente?

Ojo, con esto no quiero decir que la forma de resolver la bronca de la delincuencia organizada sea pactando con los cacagrandes de los carteles, sino que puede haber más alternativas que jugar a ver quién le tira más balas al otro.

Pd. Mientras echaba un ojo a lo del link de la investigación de la corteza insular y su influencia en adicciones, me pregunté si el volumen más choncho del narcotráfico se deberá a los consumidores casuales o a los consumidores frecuentes o adictos. ¿Por otra parte que tan frecuente debe ser el consumo para convertirse en adicción? Hallé mucha literatura que menciona esas cuestiones pero ninguna que explique cómo obtienen los resultados irregulares que presentan. Pfff.

viernes, mayo 09, 2008

3 reflexiones de Ray Bradbury 3

Hace una semana releí Farenheit 451 en una edición que incluye un prefacio de Ray Bradbury, escrito en 1993; desconocido para mí pues yo leí hasta el despedazamiento esa novela en una edición más añeja (¡qué ruco me estoy poniendo, jo!).

Hay varios párrafos de ese prefacio que son una joya para todo aquél atolondrado -como su servilleta, avezados lectores- que considere la tarea de juntar palabras y contar una historia algo digno de sus mejores esfuerzos.

Joya 1: Los pasos de Bradbury para llegar a Farenheit 451


Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.


Cinco petardos y luego una explosión.


Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.


Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.


¿Cómo es eso?


Primero, los saltitos, los petardos:


En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino corno una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:


«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles y Jonathan Swift y William. Faulkner, y los poemas de, bueno, Robert Frost, quizá,y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginólas cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales deMichelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario »


No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que
detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con un camarero el bar de enfrente, que viene trayendo una jarra de humeante café.


-Hola, Keats -dije.


-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.


-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!


-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón


El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo... Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector. Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.


-Profesor Einstein -dije yo.


-Señor Shakespeare -dijo él.


Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches,
señor Lincoln ... Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años ...


El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.


Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.


En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.


Ahora el quinto brinco antes del gran salto.


Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.


-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo.


Ésa no era la respuesta apropiada.


El policía repitió la pregunta.


Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.


El oficial frunció el ceño. Me expliqué.


-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos oche, sólo nuestros pies.


-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?


Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.


-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita!


Y el coche patrulla se alejó.


Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales.
Joya 2: El extraordinario acto de ir enhebrando en frases una idea.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.


Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.


No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.
Joya 3: Otra vez, lo mejor al último: porque las bibliotecas rulean (el énfasis es mío).

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?


No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.
Pd1. Nomás añado que considero que este mundo sería uno mejor con más bibliotecas y menos iglesias.

Pd2. ¿Porqué Bradbury le habrá puesto al antagonista de Montag nombre de niña?

miércoles, mayo 07, 2008

Jo, jo, jo, jo

Jorge Pinto hace un comic sobre los habitantes de un laboratorio. Hay unos muy buenos.


Mi favorito es este.


lunes, mayo 05, 2008

Diálogo entre novatos vidrieros del metro


- Ya te volviste a cortar.

- Seh.

- Alguien se puede desmayar. Límpiate la sangre.

- Nel... me gusta como se ve la sangre escurriendo.

viernes, mayo 02, 2008

Reto astrológico

Alguien meneó la bosta de los revires de Sagan.

Allá en menéame también hay comentarios al respecto. El que más me llamó la atención es el de un estudioso de la influencia de los astros en la conducta humana que dice que puede probar que la astrología no es un fraude.

Ha llegado incluso a lanzar una especie de reto solicitando fecha, hora y lugar de nacimiento de quien desee comprobar sus capacidades adivinatorias mediante la astrología.

Ya sabemos que cualquier lectura de horóscopo nomás nos va a proporcionar datos de una generalidad tal que se le pueden achacar a cualquier evento que nos ocurra en nuestro atolondrado ir y venir. Por lo tanto, avezados lectores, yo nomás daría por buenas las habilidades del astrólogo retador si fuera capaz de decirme, a partir de los datos que solicita, la fecha exacta en que ocurrieron tres eventos en mi vida reciente: los días que mandé al carajo mis tres últimas chambas.

He aquí los datos que solicita por si algún astrólogo se anima:

07/02/1973 03:45AM Ciudad de México.

pd. AStrólogos participantes no busquen esas fechas en el blog, no están.