lunes, marzo 31, 2014

Tendiendo puentes

En algún momento de la primera mitad del s. XX un japonés llamado Suekichi Nakagawa llegó a México y se estableció en la Villa de San Jerónimo que era como se llamaba Ixtepec.

El señor Suekichi puso una botica, curó gente y se casó con una zapoteca. Uno de sus hijos producto de esos afanes reproductivos llegó a la ciudad de México, se hizo médico, también curó gente y se casó con una guerrerense que también era médica. El producto de esos afanes reproductivos no se hizo médico, y no cura ni medio resfriado porque es un colega computito, no obstante, también se reprodujo y el resultado de esos afanes reproductivos es una bebé que se llama Hanako y que me cae bien.

Ahora bien, cuando escribir un blog era la onda -no el anacronismo que estoy haciendo- y buscaba yo más sobre Jorge Ibargüengoitia para compartirlo con mis lectores, dí con la entrevista que Aurelio Asiain le hizo a Ibargüengoitia. Aurelio y yo nos escribimos por ibargüengoitistas y me hice fan de su blog de "cosas japonesas" donde me enteré que trataba yo con un mexicano que vivía y enseñaba literatura en Japón y que a menudo le sacaba fotos a las cosas japonesas que se encontraba.

Pasaron los años y un día de hace dos semanas pude conocer en persona a Aurelio en una presentación de un libro suyo de contenidos parecidos a los de su blog (nomás que metidos en ediciones de pasta blanda y dura). Hojeé y ojeé El espacio de pronto es escenario y dije "me llevo un ejemplar". Me quedé a oir la presentación y durante las porras que los copresentadores le echaron al autor usaron una frase recurrente que me gustó "Aurelio tiende puentes".

Esa tendedera me pareció buena y digna de imitar. Compré otro ejemplar del libro y a la hora de la autografiada le pedí a Aurelio que se lo dedicara a Hanako (ocasión en la que aprendí que los padres de Hanako pronuncian su nombre más gringa que japonesamente).

Al otro día, le dí el libro al papá de Hanako y unos días más tarde me enteré que la obsequiada ya lo estaba disfrutando.



Cuando Hanako crezca, quizá satisfaga su curiosidad, vía las fotos de Aurelio entre otras cosas japonesas, de ir a ver la tierra de su bisabuelo, de preferencia llevando mezcal de la tierra de su bisabuela.

Y eso gente, se llama tender puentes.

miércoles, marzo 12, 2014

Un libro ilustrado y un postre

Entre los primeros libros ilustrados que me gustaron para aprender a dibujar lo que leía estaba La historia del señor Sommer, allá en los noventas.

*Se apoya en su bastón para echar rollo*

Dice la wikipedia en español que La historia del señor Sommer es un cuento corto de Süskind. Yo en cambio digo que es una novela, pues el protagonista (que no es el señor Sommer sino el narrador) pasa por más momentos de anagnórisis (descubrimientos críticos del personaje) y peripecias que las que pasarán los editores de la wikipedia en español en toda su puñetera vida.

Como sea, la editorial Diógenes tuvo la genial idea, cuando publicaron el libro en 1991, de encargarle las ilustraciones de la historia de Süskind a Jean-Jacques Sempé con resultados rifadores.







Y hasta ahí lo que tengo que decir del libro ilustrado. Ahora va la parte del postre.

En la edición de 2013 de La Feria de las Culturas Amigas (si no saben de qué va esa feria péguense un balazo o den click aquí) si uno caminaba hasta el puesto de Países Bajos se iba a encontrar dos cosas notables: una fila perenne de comensales y un aroma a caramelo y mantequilla que tenía los mismos efectos adictivos que la heroína (conozco a alguien que se volvió adicta al grado de echar charcos de baba cada vez que se acuerda del aroma).

Lo que vendían en ese puesto eran stroopwafels (o como yo les digo, stormtrooperwafles), que consisten en dos mini wafles untados con delicioso caramelo y que son el mejor acompañamiento que ha inventado la humanidad para una taza de café o té.




Atención: este producto produce adicción. Mucha.

Cuando se fue la Feria también se fueron los stormtrooperwafles y me resigné a esperar un año completo para intoxicarme probar otra vez esa maravilla holandesa.

Así hasta que un día, mientras veía lo que vendían en el área gourmet del Liverpool de Polanco encontré unas cajitas que estaban ilustradas con dibujos que de lejos se parecían a los de Sempé.



Cuando miré de cerca los dibujos, ví el contenido de las cajitas y tuve un gastrorgasmo: ¡estaban rellenas de stormtrooperwafles!

Los siguientes meses estuvieron complementados con felicidad. Pura felicidad... hasta que el encargado de comprar productos importados en Liverpool la cagoteó y dejó de rellenar anaqueles de stormtrooperwafles y en su lugar puso unas galletas más insípidas que unas MacMa.

Ahora bien, si alguno de uds lectores sabe dónde se venden stormtrooperwafles aquí en México le ruego que pase el dato porque no quiero yo volverme traficante de wafel holandés. Todo indica que es más difícil que traficar mota. O riñones. O riñones con mota.

pd. Si van a poner alguna receta en los comentarios por favor procuren poner una que hayan cocinado, queridos googleadores expertos en todo y buenos para nada.

viernes, marzo 07, 2014

Yo digo que el fin del mundo será así

A veces discuto argumento con alguien y pasa esto.

Ella:



Yo:



Resultado: