lunes, enero 30, 2017

Fuego en el mar


No vaya a pensarse por el post previo que ya no estoy dispuesto a pisar una sala de cine nunca más. Hace unas semanas, para quitarme la sensación de haber lamido una moneda oxidada que me dejó Arrival, vi un documental en el Cine Morelos. Me gustó para bloguearlo (o arruinarlo a quien no lo haya visto) pues no recurre a las fórmulas sobadísimas de documentales que he visto últimamente.

La película se llama Fuocoammare (Gianfranco Rosi, Italia, 2016) y trata sobre la debacle humanitaria de los migrantes que cruzan el Mediterráneo rumbo a Europa.

Al inicio el director usa viñetas que parecerían inconexas a la crisis migratoria: la vida cotidiana de un niño de 12 años en la isla italiana de Lampedusa (20 km², pob. 6000, a 205 kms al sur de Sicilia) y su familia pescadora. Muchos de los 108 minutos que dura el documental vemos cortos sobre Samuele, que como los otros niños de su edad va a la escuela, juega con su resortera, dispara a blancos imaginarios en lontananza y se pasea en la playa y en el muelle. El nombre de la película, muy alegórico, es el de una rola que la abuela de Samuele pide al locutor de la radio local por teléfono, a mitad de sus quehaceres domésticos.

Entre ese contenido intimista, hay otro tipo de viñetas: las que muestran que Lampedusa es un centro de recepción de inmigrantes. Por ejemplo, una antena de comunicaciones gira en la noche mientras oimos el diálogo por radio que tiene un tripulante desesperado de un barco atestado de gente que quiere llegar a Europa y un operador de búsqueda y rescate naval. También hay escenas del centro de recepción: subsaharianos ya llorando una canción improvisada sobre la travesía que hicieron y sus muertos que quedaron en el camino, ya jugando fútbol nocturno.

Rumbo al final hay dos cortos que son los más dramáticos y que muestran explícitamente la crisis migratoria. Uno es sobre un médico (al que en la sección costumbrista del documental vemos atender a Samuele) que examina en la pantalla de su computadora una foto: es una imagen de un hombre joven muy desnutrido y con quemaduras en todo el cuerpo. El médico explica que son quemaduras por vestir ropa empapada de agua de mar y combustible de barco. Así comienza a platicar de su trabajo, abrumador, atendiendo a los migrantes que encuentran en el mar durante las misiones de búsqueda y rescate.

El otro corto, que es el que dura más de todo el documental, presenta cómo es una de esas misiones: un barco sobrepoblado en altamar es abordado por múltiples lanchas de un navío italiano. Los italianos hacen un triage de los migrantes que necesitan atención médica urgente y los llevan en grupos de media docena a su barco. Muchos están exánimes de sed, hambre y debilidad y es como mover fardos con extremidades. Es una labor que consume horas por más empeño y buena intención que se ponga. Se translada a casi un centenar; incluidos lo cadáveres encontrados en los compartimentos más calientes, menos ventilados y más inundados de la embarcación.

Ahora bien, digo que este formato de documental es notable por lo siguiente: es más revelador que la fórmula que consiste en un pastiche de entrevistas a expertos, testigos e involucrados y que sólo ven un aspecto muy superficial o sesgado del fenómeno a documentar. Creo que la virtud más grande de Fuocoammare es presentar de la forma más objetiva posible el microcosmos de Lampedusa para que el espectador llegue a una conclusión. Que el mundo es como esa isla. Lo mismo que pasa en Lampedusa ocurre en cualquier otro sitio que sea paso de migrantes (sí, también México). A muy pocos kilómetros del lugar en donde uno hace su vida hay gente muriéndose, en tránsito. Lo cotidiano convive con lo trágico.

Es una obviedad que suele pasarse por alto y señalarla creo que es un paso en la dirección correcta para componerla.

Véanla.

jueves, enero 12, 2017

"Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren."

dijo Holden Caulfield en El guardián en el centeno.

Cuando leí por primera vez la novela de Salinger pensé que estaba ante una exageración. Pero en el tiempo que ha transcurrido entre esa lectura y ahora ya han pasado varias idas al cine de las que salgo pensando "Ay, Holden cuánta razón tenías". La más reciente de ellas fue Arrival. Quizá no me hubiera pasado si no leo antes La historia de tu vida de Ted Chiang, cuento en el que está basada la película.

Si no han leído el cuento o visto la película o les da hueva el ranteo como género discursivo los invito a irse a leer los blogs del Universal que son pura paz y amor. Hecha la advertencia continúo.

Por un lado tenemos La historia de tu vida que es un buen texto. Si tuviera que meterlo en el hashtag #resumeuncuento pondría esto: Lingüista aprende escritura alienígena con la que puede platicar con su hija nonata y muerta porque #tiemponolineal.

Eso que cupo en un tuit, Chiang lo cuenta a lo largo de 69 páginas (en la antología de 25 minutos en el futuro de editorial Almadía), utilizando el recurso de trenzar dos hilos narrativos: por un lado está el de la protagonista que participa en el equipo que debe aprender a comunicarse con los primeros alienígenas (heptápodos) que contactan nuestra civilización; y por el otro, los flash backs/forwards que tiene la protagonista con su hija y que son producto de haber aprendido a escribir en heptapodés.

Mi parte preferida es cuando esos dos hilos narrativos se cruzan (¿quizá como con Cortázar?) mientras la protagonista está en una junta con diplomáticos y está atendiendo una duda en una tarea de su hija adolescente. Ojo, no está siendo multitarea: está viviendo dos momentos de su vida, separados por años, simultáneamente. Lo genial es que lleva información de uno de esos momentos a otro. Es la parte del juego de suma no nula.

¿Y qué problema traes con Arrival si también pasa lo mismo que en el cuento de Chiang? quizá pregunten quienes vieron la película. A lo que respondo: sí, también pasa lo mismo, pero no es lo único que ocurre; le pusieron un envoltorio consistente en un montón de clichés para venderla. Naves en la superficie, pánico mundial, explosión, equipos competitivos en lugar de cooperativos, "les venimos a enseñar esto porque necesitaremos su ayuda en 3000 años", etcétera. El cliché más gordo fue el de la paz mundial alcanzada por echar un ojo al futuro. Y no obstante, nada de eso fue lo que hizo que saliera yo del cine echando espumarajos como Holden Caulfield.

Creo que hay un filón enorme de historias en el cuento de Chiang, que pueden desarrollarse sin recurrir a los lugares comunes en los que cae el guión de Arrival. Va un ejemplo: después de que se van los extraterrestres tenemos a un montón de gente aprendiendo heptapodés para contar la historia de su vida -pasada y futura- en un único trazo heptápodo. ¿Se imaginan todo lo que eso implica? Ahora usen el glitch que permite la compatibilidad del libre albedrío con el conocimiento del futuro para hacer los brincos que quieran entre lo causal y lo tautológico y viceversa.

Sí, sería como ver el génesis de los Time Lords.

¿No es eso más asombroso que la paz mundial vía Amy Adams repitiendo en el pasado lo que le chismea un general en el futuro? ¿No? ¿En serio?

Se merecen que los vuelen los vogones.